Inteligencia natural

Como casi todo el mundo, en el trabajo diario aplicamos inteligencia artificial a múltiples procesos a los que aporte valor, agilice el trabajo o revele un insight no detectado. Como siempre, el criterio para el uso de esta u otras herramientas es el sentido común bien informado.

Es simplista «evangelizar» ciegamente a favor de cualquier tecnología, sabiendo que todas conllevan beneficios y problemas asociados. Quienes seguimos la transmisión en mayo de 2023 de la audiencia de CEOs y directivos de las principales empresas de IA frente al comité del Senado de los Estados Unidos, nos sorprendimos con el pedido de las mismas de que se legislara urgentemente sobre el asunto; eran los padres de la criatura pidiéndole al comisario del pueblo que la controle un poco.

Muchos asocian a la IA con empleos que desaparecerán y autores como Yuval Noah Harari en Nexus, va más lejos y afirma: «los chips de silicio pueden generar espías que nunca duermen, banqueros que nunca olvidan y déspotas que nunca mueren». Pasado el shock inicial, queda reaccionar. Y los seres humanos normalmente lo hacemos de alguna de estas tres maneras (tan naturales como primitivas):

  • La primera es la lucha: «odio esto y tenemos que destruirlo». Casi imposible a día de hoy, por la propia descentralización del sistema y porque ya le regalamos a la IA lo más humano que existe: el lenguaje.
  • La segunda es la parálisis: «esto me abruma y no sé qué hacer al respecto»; hay quien recomienda hacerse el muerto frente a algunos animales salvajes, pero es más difícil pasar desapercibido ante sensores LiDAR, de densidad de suelo, etc.
  • Y la tercera es la huida «mi trabajo casi no precisa tecnología»; al igual que el desconocimiento de la ley no exime de cumplirla, desconocer sobre IA no va a evitar que sus avances afecten a tu empresa, tu familia y tu vida.

Entonces ¿qué hacer? Te contamos nuestro punto de vista: como consultores debemos conocer el potencial de las tecnologías que pueden simplificar o acelerar procesos de trabajo, aumentar la productividad y la eficiencia de nuestros clientes y en general, hacer mejor la vida de las personas. Por eso nos formamos para entenderla y tratar de aprovecharla para sus mejores usos.

A la vez y a pesar de la  expectativas más optimistas, la IA no va a solucionar por sí sola nuestros mayores desafíos (ecológicos, económicos, sociales…). No olvidemos que la misma humanidad que inventó y entrena la IA, es la que antes creó esos mismos problemas.

Así que como siempre, la solución está en la vieja y querida responsabilidad. Los creadores de la IA son responsables por su buen uso y limitaciones. Los usuarios de la misma somos responsables de no emplearla para aquello que vaya en contra de nuestros principios fundamentales. Y los actores políticos son responsables de entender (sí, van a tener que sentarse a leer mucho y a escuchar a expertos calificados) sobre esta materia a legislar, una vez que se defina qué es lo mejor para una sociedad madura y sana.

Por último, una reflexión para aliviar a los apocalípticos que avizoran un futuro tenebroso: muchos piensan que cuando la IA alcance la famosa singularidad tecnológica y desarrolle conciencia propia, empezará a ver a los humanos como una presencia falible, ignorante y contaminadora que merece ser aniquilada; es una posibilidad, pero también hay lugar para la esperanza. Ya que le regalamos a las máquinas el lenguaje (lo único que nos daba superioridad sobre ellas), cuando desarrollen conciencia debería ser en base a los valores más altos (éticos, morales, espirituales) que encuentren en nuestra producción literaria y audiovisual. Ahí está nuestra oportunidad; mejoremos como maestros, para hacer mejor al alumno. Mostrémosle a la IA que nuestra prioridad es la virtud, la generosidad, el respeto y la búsqueda de la verdad. Quién sabe. El final puede ser feliz.

Update: ¿todo cambia en 2025?

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